QEPD Wilindoro Cacique

Elecciones, sopapos y coscorrones

Publicado: 2010-09-05

Poco antes de que Kouri saliera de la cancha, un tenue olor a pichi comenzó a invadir el palco de los comentaristas políticos. Luego de su expulsión, el hedor lo invadió todo. Un sector de abonados se orinaba de miedo sin pudor, no tanto por la expulsión de Kouri –después de todo, entenado vergonzante de Alan sin llegar a ser parte de la aristocracia fujimorista- sino por la subida de Susana Villarán en las encuestas.

El temor se mezclaba con indignación porque la preferencia por la candidata de Fuerza Social era alta en los sectores A y B. El rasgar de vestiduras, las contorsiones inverosímiles y los ataques desordenados de estos comentaristas van para la antología de las elecciones municipales en el país.

Bueno, no es que recién hayan aparecido. Tal como hoy existen, las campañas de demolición y la inoculación del miedo en el terreno electoral vienen de 1990 y tienen su apogeo en la época fujimorista y su artificiero mayor en Montesinos y su escuadrón de la muerte mediático, los llamados “diarios chicha”, convertidos en una falange trituradora que se ensañó con Mohme, Andrade, Castañeda y demasiado tarde con Toledo.

Ahora queda La Razón, el título más irónico de la prensa escrita peruana; el siempre gris Expreso y un señor bastante extravagante con una columna de coprolalia más que de opinión en Correo, que de cuando en cuando contagiaba a su director que caía en una suerte de tercianas histéricas. Pero de repente ese estilo se desencapsula y lo arrastra junto a algunos vieji-viejos con complejo de Peter Pan, que no quieren aceptar que su niñez ya terminó, y también su adolescencia.

Pocas veces se ha destilado tanta bilis negra en las páginas de un diario, tanta que supera o al menos rivaliza con la derramada en la ofensiva de 2006 contra Ollanta Humala. Pero esas eran elecciones presidenciales. Y Ollanta era un outsider imprevisible, que coqueteaba con Chávez y tenía una familia frente a la que el papá de Lourdes era un dechado de moderación. En ese momento, la estrategia del “mal menor” se volvió mayoritaria y envolvió a buena parte de la prensa de centro y de derecha, moderada y dura.

Pero esta reacción, ante una candidata post-Guerra Fría, lo que produce ya no es espanto sino risa, y convierte a ese diario en una fábrica de tormentas perfectas en pequeños vasos de agua. El tema del 1 de septiembre en Correo fue el puño en alto de Susana Villarán, “como Abimael Guzmán” y como todos los chicos malos de la vecindad. Ya otros se han burlado bastante de la ocurrencia y han sacado hasta dibujos del Super Ratón con el puño en alto.

Pero el día anterior le había tocado a los “nuevos electarados”. Convertido en Natalia Malamala, el director agarraba a cocachos y sopapos a “sus” muchachos y muchachas de los sectores A y B, diciéndoles de electarados y homocigóticos que sufren de degeneración sanguínea para arriba. Tal vez a partir de aquí es posible ir descifrando por qué Peter Panes de elite, con una educación recontracaviar, se tocan tanto de nervios.

Es notorio cómo en el Perú los sectores más retrógrados de la derecha reproducen como en un espejo el tipo de aproximación a la realidad del marxismo-leninismo. Por lo menos el marxismo recurría a un concepto: alienación. El proletariado, por algún privilegio ontológico, debía ser capaz de interpretar correctamente la realidad. En todo caso, interpretarla como lo hacía “el partido del proletariado”, que dominaba supuestamente “las leyes de la historia”. Los proletarios que no lo hacían eran alienados. En sus versiones más extremas, como Sendero Luminoso en el Perú, la alienación se pagaba con la muerte por ser yanaumas o revisionistas. Así lo pagaron, por ejemplo, muchos maestros del SUTEP, estemos o no de acuerdo con su línea política o sus propuestas magisteriales.

Ese sector de la derecha ubicada en el pasado -el mismo Aldo Mariátegui lo admite: “ya estoy expresándome como un viejo de antes, pero es lo más sensato.”- no puede soportar una oposición, ni siquiera de centro-izquierda. Igual sucede en el extremo m-l. Cuba, por ejemplo, incorpora esa intolerancia a su Constitución, en la cual el partido dirige a la sociedad. No necesita someterse a elecciones competitivas. Por eso, como boxeador que no ha vuelto a subir al ring desde que ganó el cinturón, necesita demoler cualquier oposición o crear rivales construidos a su medida. En el Perú, esta franja pasadista de la derecha necesita a Sendero Luminoso, Guzmán, la propia Lori Berenson para usarlos de punching-ball, producir temor y, por supuesto, es fácil que en ese caso su estrategia mediática tenga éxito porque, como dicen los colombianos, esa ultraizquierda da papaya, y ellos cortan papaya sin esfuerzo.

Inocular el miedo es, dijimos, una táctica antigua, pero en este caso los demoledores exhudan también miedo ellos mismos. Extraño, pues se consideran en su momento de mayor éxito y aseguran que el país llegará en esta década al Primer Mundo.

Es posible que en ese temor juegue un papel el déficit de legitimidad de de quienes hoy dirigen la economía y la política del país, por más que las cifras económicas estén de su lado, por más que de manera desigual el país haya crecido, que el fenómeno Ollanta haya retrocedido. Por la forma y el rumbo de ese crecimiento, por la corrupción y el trato despectivo a franjas amplias de la población, García no llega al 35% de aprobación, mientras que Lula y Bachelet, con quienes se siente afín Susana Villarán se fueron o se irán con más del 70 o incluso 80% de popularidad.

Puede jugar también un papel el nuevo conservadurismo norteamericano, letalmente asustado. La cadena Fox News, el Wall Street Journal de Murdoch, la lideresa republicana Sarah Palin, los que no creen en la evolución de las especies pero difunden la idea de que Obama es musulmán y no nació en los EE.UU., han tenido bastante éxito en tensar la polarización contra los caviares del partido Demócrata, sin importarles mucho el futuro de su propio país.

Lo interesante es que aquí la ofensiva no ha logrado arrastrar al conjunto de los medios y líderes de opinión. Incluso quienes han criticado duramente a Villarán por su alianza con el MNI, han mostrado matices. Otras veces, cansancio ante tanta hojarasca y tan poco debate sustantivo. Otras no se han dejado arrastrar al cargamontón y finalmente algunos han dicho que van a votar por Susana de todos modos. Más aún, tanta alharaca ha hecho más conocida a Villarán en los sectores D y E.

Lo sabremos en las próximas semanas. Si Villarán logra mantener o incrementar su intención de voto, tal vez signifique que en el Perú se está consolidando un liberalismo democrático y no solo económico; y una izquierda democrática que ponga fin a la anomalía peruana: la inexistencia de una izquierda y un centro izquierda que exploren sus caminos en el S.XXI. Será lo mejor para el país.


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